domingo, 10 de febrero de 2008

Corazón

Escrito en Taipei, hacia el verano del 1996...



Dejó su cobardía a un lado e introdujo la mano en su propio pecho, y se arrancó el corazón. Lo sujetaba con sus manos y observaba aquella latiente masa de músculos, cubierta de roja sangre. Qué insignificante parecía así, a pesar de todo el sufrimiento que le estaba causando, aquel maldito órgano que, visto así, ni siquiera resultaba agradable a la vista. Más bien le repugnaba ver esa cosa amorfa, carente de rostro, de inteligencia, de atractivo. Lo contemplaba, con la vista perdida, esperando encontrar una respuesta a su dolor, a su sufrimiento. Se preguntaba con qué fin aquel engendro malicioso se había desarrollado en el interior de su cuerpo, bajo el inocente nombre de corazón, destrozando y arrollando todo aquello que le había llevado tanto tiempo alzar, acabando con su vida, integridad, con el orgullo y madurez que le caracterizaban como a persona adulta. Habían novelas del corazón, revistas del corazón, promesas de corazón, incluso médicos del corazón... parecía que el mundo entero girase en torno al maldito corazón. Pero por qué, si aquel pedazo de carne era una criatura maliciosa y despiadada, que poco a poco se había ido apropiando de su vida? Por qué tanta alegoría del corazón, si aquél era un estigma maligno en nuestro organismo, que debería ser sustituído por algún invento revolucionario, algún mecanismo artificial que racionalizara nuestros actos, sin dejar posibilidad al descontrol de los sentimientos? Para qué adorábamos, elogiábamos, evocábamos en ciencia y arte, en imágenes literarias, gráficas, musicales, gastronómicas incluso, aquel artilugio repugnante, generador inagotable de pasiones incontrolables? Qué tenía de especial algo que nos despojaba de nuestros escudos protectores, dejándonos desnudos, poniendo en evidencia nuestras debilidades, descubriendo nuestra triste condición de criaturas humanas, abatidas una y otra vez por nuestros propios sentimientos? El corazón, su fuerza física, su destructor emocional. Aquel parásito que se aferraba a su cuerpo, dictaminando y pronosticando, alimentando y abatiendo.



Sentimientos repetidos, pero que siempre nos pillaban por sorpresa, una vez más, con la misma fuerza y poder. De nada servía el querer racionalizar, el pretender que nuestro intelecto y educación podían regir nuestras vidas, de nada servía ostentar, aparentar control, presumir de tener la sangre fría, de llevar la sartén por el mango, la sangre seguía corriendo, y seguía corriendo caliente. La exaltación del intelecto era una gran farsa, una pérdida de tiempo, porque no importaban las horas de entrenamiento, los libros leídos, las terapias, las meditaciones, las conversaciones intelectuales, las teorías revolucionarias, las ciencias exactas, las psicologías, psiquiatrías, sociologías y antropologías, de nada servía luchar contra algo invencible, intentar hacer racional lo irracional, poner riendas a aquel torrente de pasiones y sentimientos vomitados a diario por el corazón. Pero en sus manos, le seguía pareciendo completamente insignificante e inofensivo...

"Qué piensas?, llevas una eternidad con la vista perdida. Anda, come, que se te va a enfriar la comida...". Agarró la cuchara, pensativo, y se terminó la sopa. Ya estaba fría.

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