martes, 23 de octubre de 2007

La Llamada

Borrador escrito en Taipei, en el verano de 1996, antes de la invención de los teléfonos móviles...

Pasaban los minutos, los segundos, y cada momento que pasaba se le hacía una eternidad insoportable. Se sentaba junto al teléfono, a la espera de esa llamada, que no llegaba nunca. Miraba el reloj, una y otra vez, en una deseperación que iba en crescendo. Había llegado a casa, después de una jornada de trabajo, como siempre monótona a la vez que agotadora. Durante sus horas de esclavitud de oficina albergaba la ilusión de llegar a casa y recibir aquella ansiada llamada. Había dejado el trabajo a medias, se había pasado largos ratos con la vista fija en el ordenador, soñando despierta, divagando, planeando la vuelta a casa. Dejó la oficina puntualmente, y por la calle apresuró sus pasos en una carrera desesperada, temiendo aquellos instantes en los que se encontraba inlocalizable. Atravesó las calles en medio de la muchedumbre, el tráfico descontrolado, las luces de neón. Era un frío día de invierno, llovía.

Llegó con la respiración ahogada, el corazón palpitando a gran velocidad. Se descalzó y quitó la ropa, se duchó con la puerta abierta, asegurándose así que podría oír el teléfono sonar. Pero no sonaba. Comió algo, se hizo un café, dos, después un té. Miraba la televisión, leyó el periódico y algunas páginas de su novela. No lograba concentrarse. Se mantenía cerca del radiador, y del teléfono, por si acaso. Se paseaba arriba y abajo de la habitación, nerviosa. Por enésima vez miró el reloj: las siete. Aún era temprano. Barrió el suelo, puso ropa en la lavadora, hizo cosas y más cosas, cualquier actividad innnecesaria que se le pasaba por la cabeza y manos, necesaria para matar el desesperante tiempo de espera. Estaba atrapada en su casa, esclava de una esperanza que se disipaba con cada minuto que transcurría. La novela, el periódico, la televisión, la música... pasaba de una cosa a la otra, en intervalos cortos de tiempo, haciéndolo todo y nada a la vez. Las ocho, las nueve, las nueve y media y el teléfono seguía sin sonar. Ese objeto inerte e insignificante parecía cobrar vida y burlarse de ella, de su ridiculez y de su patético comportamiento. Ella lo miraba, consciente de esa situación sin sentido y completamente ilógica. Odiaba el teléfono y se odiaba a sí misma, odiaba su debilidad de adolescente, ella que toda su vida se había vanagloriado de su fortaleza e integridad, ella que siempre había sido admirada por todos, por su equilibrada personalidad, su fuerza de voluntad y otras tantas cualidades. Se avergonzaba de verse a sí misma en aquel estado, dependiente de algo impalpable, e improbable. No entendía nada, y le daba miedo entender, temía el descubrirse a sí misma en una desnudez emocional absoluta, por lo que se cubría con pretextos y con excusas. Le hubiera gustado hablar con alguien, pero por supuesto no podía ocupar la línea, aquélla era una situación sin salida. Una y otra vez se engañaba a sí misma, intentando auto-convencerse de que era temprano todavía, que no hacía falta perder la calma, ni deseperarse. Por entonces ya eran casi las doce. Quizás ya no era tan temprano, quizás no iba a ser esa noche cuando le llamaría, quizás había esperado en vano, quizás debería buscar una nueva excusa para no desesperarse, ni perder la calma. Pero ya no le quedaban muchas, y seguía cavilando, sentada junto a la mesilla del teléfono, pensando en los motivos por los cuales no se producía aquella llamada, los motivos por los cuales estaba perdiendo el tiempo de esa manera. Miles de pensamientos cruzaban su mente, mientras los minutos pasaban, sin detenerse. Pensó en tantas cosas y, poco a poco, sus pensamientos se difuminaban, mezclándose entre ellos, confundiendo la lógica de la vigilia con el delirio irracional del sueño. Sus ojos se adormitaban y poco a poco perdía el hilo de la consciencia, y todo a su alrededor perdía la forma habitual y su mente la transportaba a los rincones inimaginables de su subconsciente, dejando siempre un pedacito de consciencia para recordarle que esperaba con ansia una llamada telefónica, la llamada...

Abrió los ojos, confundida, ya era de día, y sentía sentada en el sillón junto al teléfono. Miró el reloj. Debía darse prisa, ya era hora de ir a la oficina.

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